lunes, 21 de enero de 2008

“Vale por..."


Me gusta hacer regalos de esos que se hacen esperar en su disfrute. Yo también alguna vez, fui la regalada en cuestión. El envoltorio y la caja sin anillo parecen decepcionar al homenajeado. El regalo se resume en una simple hoja de papel o cuartilla de cartón. Por un momento y antes de devolver con igual sonrisa a los cómplices del asunto que te siguen en cada desdoble, piensas; no les dio tiempo a comprar nada y me imprimen este montón de confetis, paquetes de regalo y demás iconos festivos con la letra al 20 en wordart, que te retira de un salto atrás para leer “Vale por...” Por otra parte, suele tratarse de un regalo difícil de cambiar, a veces incluso personal e intransferible!

El AVE ha llegado a mi ciudad, para hacerla menos “baladí” y acercarnos a la capital. Hace poco, descubrí algo que a pesar de ser vox populi para el resto de la familia; yo desconocía. Mi tío M., el menor de todos, adora todo lo que suene a ferrocarril. Y lo comprobé cuando fue capaz de describir los horarios, dimensiones, paradas y precios que estrenaba el nuevo juguete de RENFE. “Desde la mili, que no monto en tren..” “Vamos a tener que probarlo...”, le sonsaqué ya con los billetes para 2 personas impresas y bien dobladas en mi bolsillo.

Efectivamente, en esta ocasión vez tampoco faltaron los adornos kitch que envolvían el tesoro (incluido un trenecito de madera de 2 centímetros que colgado desde un extremo del sobre, anunciando lo siguiente). Y lo que nadie se esperó entonces, es que cuando sacó las 4 casi idénticas hojas, nos aguardaba un regalo a cada uno de los 14 testigos. Su cara fue una explosión de emoción; de esas que ya no esperas ver a alguien que roza los 50,de niño que se sabe comprendido en sus ilusiones.

Hoy está poniendo a prueba “su” máquina. Está tomando nota de que sigue teniendo la intachable puntualidad que él le defiende, la velocidad no debe bajar de la que marca su caché, la comodidad de los asientos explica porqué no hay posible competencia y el silencio es un regalo a los sentidos, como la vista enorme del valle castellano que deja tras de sí.
Para algunos, una cotidianeidad. Para otros, una aventura con mayúsculas.