lunes, 11 de febrero de 2008

Falsas apariencias

Hoy tenía la entrevista. La número 2 en la historia de las entrevistas: la primera fue para el único trabajo que tuve durante 6 años, hasta hace unos meses. Me he sentido un poco vulnerable; desde anoche repasando los apuntes, esta mañana cuando mi madre ha tenido que plancharme la ropa que debía ser la más adecuada, estrenando zapatos y todo el resultado revisado de abajo a arriba bajo el rictus aprobador de madre y padre en el salón, antes de que su hija de casi 30 cruce la puerta agarrando el pomo con los dedos temblorosos.
Lo más divertido es la elección del atuendo. Miles de articulos sobre cómo acudir a una entrevista, advierten de huir de los colores demasiado fluorescentes, complementos estrafalarios...(en uno de los recortes que guardo de la década de los 90, se reflejan los peligros de la época ; “olvídate de los piercing en orejas y pelos de colores en cresta, chapas o pins en la chaqueta...”. En otros, ilustran el modelo de traje-entrevista, con el que ni en los 90 ni en este siglo me hubiera identificado; decente falda por debajo de las rodillas, zapatos de tacón, y recatada chaqueta de sastre a juego con la indumentaria creada por alguien que en el pasado ejerció de institutriz para niñas bien.
Al final, me decanto por lo que en casi todos los artículos progres pero realistas al fin y al cabo rezan; “ser yo misma”. Mis vaqueros, el jersey más cómodo que tengo y en la cabeza, lo que me hace sentir más ligera: los recuerdos de la gente que me quiere, me apoya y se que desea lo mejor para mí.